EL GOCHO HASTA EL 98

NERIO ENRIQUE ROMERO | EL UNIVERSAL (Versión digital) Caracas,  Jueves 29 de noviembre de 2012 12:00 AM

Mi amigo Creencio Paniagua, ferviente seguidor chavista, ha estado padeciendo pesadillas. La última de ellas se remonta a la época en la que seguía a pies juntillas a Carlos Andrés Pérez durante su primera campaña electoral, la de “ese hombre sí camina”. Ahora, después del 7-O soñó que al Gocho, como le decía cariñosamente Creencio, se le habían subido los humos a la cabeza cuando estaba en 1976 en la cresta de la ola de su popularidad y de la bonanza petrolera de aquel momento, y había dejado colar entre sus seguidores la consigna “el Gocho hasta el 98”. De allí en adelante Pérez creció en apoyo popular basado en la ejecución de grandes obras públicas, el plan de becas Ayacucho, las industrias de Guayana, la nacionalización petrolera, algunos programas sociales, creación de universidades, condonación de deudas al sector agropecuario, y otras iniciativas que crearon un ambiente económico de crecimiento, gracias al empuje de los precios petroleros tras la guerra árabe-israelí de 1973. La gente asoció el auge de entonces con algunas presuntas cualidades taumatúrgicas del Gocho, por lo cual creyó que había encontrado por fin al sucesor de Fernando VII, la “solución definitiva a este país”. Pérez endulzó todo aquello con caramelos populares como la ley para el pago doble de prestaciones sociales, y aumentos generales de sueldos. Quizás por eso, en la pesadilla del buen Creencio, la consigna “el Gocho hasta el 98” caló en el pueblo, y Pérez propuso una reforma constitucional mediante referéndum, que permitía la reelección indefinida, argumentando que la soberanía residía en el pueblo. El Gocho, mientras Creencio sudaba en su sueño, se había convertido en un águila, que cazaba moscas y todo.

A Rómulo Betancourt y a Gonzalo Barrios, que se habían batido toda su vida por la alternabilidad en el poder como principio de la democracia, les dio su respectivo soponcio. Jóvito Villalba decidió salir a terminar sus días fuera de Venezuela. Luis Piñerúa y Luis Herrera, que aspiraban a ser candidatos con chance en 1978 por AD y Copei, quebraron lanzas contra el Gocho. Y no podía faltar José Vicente Rangel, aspirante al 5% de los votos, quien ante aquel tsunami andino armó su pataleta defendiendo la constitución de 1961, según la cual solo el Congreso Nacional podía reformar la Constitución, después de que dicha reforma fuera ratificada por todas las asambleas legislativas del país. Pero Pérez insistió en que eso lo definía el pueblo en las urnas (¿deja vú al revés, Creencio?) y para convalidar su audacia consiguió magistrados supremos que no estaban dispuestos a perder su jugosa jubilación. Ni los militares se atrevieron a retar aquella violación constitucional, guapa y apoyada en la popularidad del Gocho. Cuenta mi amigo que en este punto de los acontecimientos se despertó sudando, pero la pesadilla lo atrapó de nuevo y volvió a dormirse (¿remember 1999, Creencio?).

Nada, la pesadilla continuó. De allí en adelante el Gocho ganando más y más elecciones y ¡quién contra el Gocho! Hasta la izquierda insurreccional que estaba entonces tratando de infiltrar las fuerzas armadas perdió la ilusión. En algunos de los períodos sucesivos de Pérez (1983, 1988 o quizás 1993) el Gocho tiró una jugada maestra: a partir de entonces los Comités de Base de Acción Democrática (bajo la autorización directa de Miraflores) administrarían la mitad del Situado Constitucional que correspondía a estados y municipios. Su argumento era demoledor, y ponía a nuestro durmiente Creencio a sudar más copiosamente: después de tantas elecciones ganadas, ¿no era claro que su partido era la genuina representación de la soberanía del pueblo?

Entonces algo hizo corto circuito en el dormido cerebro de Creencio: pudo ser la frustración de que su admirado Gocho no cumpliera aquella gesta; o que el cumplimiento de aquella pudiera bloquear la llegada al poder de su comandante-presidente. Quién sabe. Lo cierto fue que en este punto despertó, ahora sí, embargado por una abrumadora agitación, totalmente empapada la franela roja con la que se había quedado dormido aquella noche, y que por la espalda decía: ¡Uh, Ah!… Pobre Creencio, debió sentirse como nos sentimos muchos por allá por el 2002, cuando un burlón Diosdado Cabello montado en una tarima en un acto televisado se dio la vuelta para mostrarnos la espalda de su franela que decía en números grandes: 2021. Cuando mi amigo me contó su pesadilla se me quedó mirando y preguntó: ¿Por qué el Gocho, hombre tan carismático, no hizo lo que ví en mi sueño? Después de pensar un poco, atiné a contestar: Mira, Creencio, yo que siempre votaba por José Vicente y Teodoro, sólo te puedo decir que no son lo mismo el Gocho y tu comandante. La conciencia democrática de tu antes admirado Gocho, que Dios tenga en la gloria, tenía sus rayas rojas y amarillas mucho más cercanas a la Constitución y a la ley.

Médico y profesor universitario

https://derechodepalabra.wordpress.com

Twitter: @romeronerio

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Acerca de derechodepalabra

Nerio Enrique Romero González: Médico de familia y profesor universitario. Aficionado al estudio de la historia, incursionando en ese campo, investigando y publicando
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