La era del Estado portarretratos

 

PalacioDeJusticia_Caracas,2012

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NERIO ENRIQUE ROMERO | EL UNIVERSAL (Versión digital)

Caracas, Jueves 28 de febrero de 2013 12:00 AM

Nací bajo una dictadura pero cuando tuve uso de razón ya Venezuela iniciaba el más brillante período democrático de su historia. Y hoy me vienen a la mente los sobrios carteles oficiales que ví plantados frente a centenares o miles de obras públicas durante esos cuarenta años: acueductos, cloacas, urbanizaciones populares, calles, autopistas, puentes, carreteras, vías rurales, aeropuertos, escuelas, universidades, hospitales, estadios, tendidos eléctricos y telefónicos, etc., etc. Los carteles estaban identificados con el escudo nacional, regional, municipal o de empresas del Estado, no tenían la foto de nadie, y los únicos nombres propios que exhibían eran los de los ingenieros inspectores y residentes. Todavía en los 90, cuando empezamos a elegir gobernadores y alcaldes, persistía la sobriedad de los avisos oficiales. En el Zulia, por ejemplo, los del gobierno de Álvarez Paz, además de  la información legal de rigor, apenas decían “El Zulia: el sitio de Venezuela”. Y en la gestión de Lolita Aniyar, a la sobriedad habitual solo se agregaba el lema: “Por el Zulia que queremos”. Jamás ví una foto ni el nombre de ninguno de los dos en los carteles oficiales. ¡Cómo se ve que eran gobernantes que sabían distinguir entre su persona y la institución oficial que temporalmente dirigían!

La primera vez que ví utilizar avisos oficiales para la promoción personal fue en 1995, cuando circulando por la carretera Lara-Zulia comenzamos a observar vallas alargadas, emplazadas cada uno o dos kilómetros, que decían en letras muy grandes “Arias Cárdenas”, y más abajo, en letra muy pequeña: “Vía en Concesión”. Para mí, más o menos en ese tiempo empezó en Venezuela el uso indebido de los avisos y publicidad oficial para la promoción personal de los mandatarios. Claro, la apoteosis del abuso no tardaría en llegar con el ascenso de Chávez a la Presidencia. A partir de entonces desde edificios hasta ambulancias empezaron a lucir como portarretratos, a menudo gigantescos, del mandatario. Y no se han salvado de lucir su imagen o sus lemas políticos ni los grandes tanques de nuestra industria petrolera ni, más grave aún, nuestras instalaciones militares (o sea, el artículo 328 de la Constitución derogado porque me-da-la-gana). El mensaje central era claro desde entonces, aunque traductores simultáneos del poder como José Vicente Rangel hicieran filigranas para negarlo y presentarlo como simple asunto de estilo del gobernante: “Entre mí persona y el Estado no existe ninguna distinción. Si te entregan una beca, una pensión, una obra o un servicio público no es el Estado (con el dinero de nuestros impuestos o de las regalías petroleras que pertenecen a todos) quien te lo entrega. Soy yo, gobernante generoso, quien me digno entregártelo”. Casi como dijo un célebre rey francés: “el Estado soy yo”, algo que no se le ocurriría decir hoy en día ni a Juan Carlos de Borbón.

Es obvio el motivo: el culto a la personalidad es imprescindible para cualquier proyecto político cuya principal pretensión sea eternizarse en el poder. Necesita difuminar la institución estatal y sustituirla por la persona o por la dirección central del partido. La aceptación y hasta entusiasmo de la mitad o más de nuestra población con este abuso impresiona y habla a gritos de la pobreza material y de ciudadanía en que aún vivimos. Para colmo, hasta la dirigencia opositora que ha resistido políticamente ante el proyecto totalitario ha incurrido en el mismo abuso aunque con cierto recato: saben que para no ser barridos por un proyecto personalista, que controla el grifo petrolero y lo usa para sus fines de hegemonía total convirtiendo en dádiva personal los bienes y servicios del Estado, necesitan elevar el perfil de sus personalidades por encima de la institución que dirigen. Es deprimente que hayamos llegado a ver en la campaña electoral de un gobernador opositor, conocido incluso como buen gerente público, una publicidad en la que una mujer en apuros de salud, impotente ante su escasez de recursos, exclama: “menos mal que el Pollo volvió”. A esos extremos nos ha llevado la necesidad de resistir la aplanadora de una presidencia personalista que manipula la pobreza material de la mayor parte de nuestra ciudadanía.

Hoy día, en el caso del Zulia, hay que esperar un poco a ver si los nuevos gobernantes regionales persistirán en esa misma línea de usar las instituciones del Estado como portarretratos personales. Hay en el gabinete regional algunas personas que conocemos, formadas en el debate y la democracia universitaria o en la gestión de proyectos comunitarios. Nos cuesta imaginarlos aceptando el culto a la personalidad. Sin embargo, ya empezamos a ver plazas construidas hace décadas rebautizadas como “Plazas del Buen Vivir” en avisos costosos y nuevecitos que lucen la foto del nuevo mandatario regional ataviado con camisa roja. ¿Mal comienzo? Eso creemos. El culto a la personalidad siempre va por un torcido camino, y el desarrollo de ciudadanía va por otro camino muy distinto.

http://derechodepalabra.wordpress.com

romeronerio@hotmail.com

@romeronerio

 

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Acerca de derechodepalabra

Nerio Enrique Romero González: Médico de familia y profesor universitario. Aficionado al estudio de la historia, incursionando en ese campo, investigando y publicando
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