HISTORIA BREVE DE PERIJÁ N° 18

REENCUENTRO DE PERIJANEROS EN SAN IGNACIO (parte II)

Río San Ignacio, a su paso por Hacienda María Rosario

Río San Ignacio, a su paso por la Hacienda María Rosario

(Discurso de Orden de Nerio Enrique Romero en la Sesión Solemne del Concejo Municipal de Rosario de Perijá con motivo de declarar el Reencuentro de Perijaneros en San Ignacio como Patrimonio Cultural del Municipio, y de entregar la Orden “Sixto Zambrano” a varios ciudadanos del municipio. San Ignacio, Sábado 2 de agosto del 2014)

(… continuación)

“A poco de salir del poblado, en un pequeño cerro, estaba la casona conocida como El Recreo, construida en 1920 por un coronel gomecista llamado Ismael Marín, que fue Prefecto del distrito; era una casa de juego… El camino pasaba frente a la casona, por donde después estaría la calle principal del Barrio El Recreo. Pasaba después al lado de la Casimba de la Piedra, que en ese entonces era el manantial que surtía de agua a la Villa, de donde era acarreada en latas”…

“El camino a San Ignacio y Villa Vieja en 1928 ya era de dos trillas, porque empezaban a transitarlo algunos automóviles y camiones, y discurría por la sabana acompañado de los postes de madera del telégrafo, que tendrían 5 ó 6 metros de altura. Al pasar la Casimba de la Piedra, seguía por los terrenos donde después estaría el cuartel del Ejército y más allá por el hato de Juan Gil, donde había un jagüey en el que los viajeros solían lavarse. Continuaba hacia el sur, dejando lejos a su derecha los Altos de Jalisco. Más adelante, a la izquierda del camino, estaba un cerro muy alto llamado el Cerro del Conejo, y más lejos a la derecha el Cerro Piedras Negras, donde había un bosque… Continuaba unos 3 kilómetros por esa sabana hasta el río San Juan, teniendo siempre a la derecha la Sierra de Perijá, hermosa aún en la lejanía”…

“En el río San Juan había un puente de madera, pequeño pero muy necesario porque el cauce del río tenía mucha sipa y hasta los burros se pegaban. Antes de llegar al puente, otro camino se abría a la izquierda hasta el caserío de Las Patillas, y al pasar el río se encontraba un sitio llamado Jagüey Hondo, llamado así por un gran jagüey…”

“El camino a San Ignacio y Villa Vieja era también un camino real, después camino nacional, y en 1928 era el más transitado para ir de la Villa a Machiques, Las Piedras y San José. Había otro camino de la Villa a Machiques que salía por Jalisco pasando por Macoa, por donde luego se construiría la carretera de asfalto inaugurada en 1944; era más directo, pero había que pasar más ríos y había tres pasos muy difíciles: el caño de La Tacamaca, el río Cogollo y el río Apón, intransitables en invierno porque allí no había en ese tiempo puentes, ni barquillas (embarcaciones de madera utilizadas para ganar la otra orilla acarreando personas, animales, vehículos y mercancías). En cambio, había una barquilla para pasar el Apón en el puerto de San Rafael, cerca de Villa Vieja, lo cual hacía que el camino por San Ignacio y Villa Vieja fuera todavía en 1928 el más adecuado para ir hacia los pueblos perijaneros que estaban al sur de La Villa, especialmente Las Piedras, San José y Machiques”…

“A poco menos de una legua de Jagüey Hondo estaba el Alto del Pilón a un lado del camino, y un poco más allá el riecito de San Ignacio, que se cruzaba por un puerto llamado El Pozón o por un puente de madera que había sido construido hace algunos años por vecinos de la zona, entre ellos el mismo Esteban González y Napoleón Chacín, éste último de San Ignacio; las vigas eran de madera de vera, por lo cual aún terminado el siglo XX se conservaba operativo. En 1928, a ese puente lo llamaban “El Paso de los Carros”. Pasado el puente… [se estaba] ya cerca de los primeros hatos de San Ignacio”…

“El tendido del telégrafo acompañaba el camino a su paso por San Ignacio, y seguía hacia Villa Vieja. Desde esta última continuaba para atravesar el Apón y salir a la hacienda “La Gota de Oro”, según me contó el Sr. Antonio Pachano, guarda líneas desde 1950; desde allí, el tendido se dirigía a Las Piedras, donde estaba el punto de enlace de los cables de Machiques, San José, y La Villa, que eran los tres lugares donde había telegrafistas… Había dos guarda líneas, personas que estaban encargadas de la vigilancia y mantenimiento del tendido: uno hacía el recorrido a pie desde Machiques y San José, y el otro desde La Villa; ambos se encontraban en Villa Vieja e intercambiaban allí tarjetas selladas de sus respectivas oficinas, llamadas contraseñas, que servían para certificar el cumplimiento de su recorrido. Antonio Pachano hizo ese trabajo hasta 1962, y me contó que después de él hubo otros guarda líneas…” (2).

Entre esas historias que me han compartido nuestros ancianos y que tuvieron lugar en esta puerta de entrada entre el Perijá del norte y el del sur, hay algunas que son entrañables porque atañen a los sentimientos y alegrías de nuestros abuelos. Oigamos ésta referida a Félix Morán, nativo de San Ignacio:

“A comienzos del siglo XX, el tránsito entre los poblados y caseríos ubicados al norte y el sur del río Apón en Perijá era importante. Para ir desde la entrada de Villa Vieja a San José y Las Piedras en 1935, había que tomar hacia la derecha  en dirección al oriente, por un camino de trillas que conducía al puerto (paso) de San Rafael en el río Apón, que estaba a unos tres kilómetros. Según Hermenegildo Montero el puerto estaba cerca de  Las Piedras, en la hacienda “San Rafael”… Allí había dos pasos: uno río arriba que estaba entre dos barrancas, por donde se cruzaba en una barquilla, y otro más abajo para el cruce de bestias y ganado; cuando el río estaba crecido las bestias debían cruzar subiendo a la barquilla. Al salir de la montaña (así se le dice en Perijá a las arboledas de las vegas de los ríos) salía un camino de dos trillas a la izquierda para San José, y otro a la derecha para Las Piedras, La Paja y Machiques. Félix Morán, nacido en 1913, vio su destino influido por su asistencia a las fiestas de carnaval en Los Chichíes, caserío vecino a Las Piedras. Él nos contó:

“Yo soy de San Ignacio, donde vivía. Vine a Los Chichíes acompañado de ocho a diez amigos de allá, a caballo. Una hora demorábamos en el camino, pasando por Villa Vieja y cruzando el Apón por el paso de San Rafael. En las fiestas de estos pueblos ponían un arco alto, adornado con flores y papel de colores, para hacer competencias a caballo. Lo armaban con bejucos, que se colocaban arqueados sobre dos varas de guauda que le servía de soporte, una a cada lado. En la parte alta del arco colocaban una polea, y una botella de ron que se subía y bajaba halando una cabuya, tal como se hace ahora con las piñatas. Los jinetes pasaban corriendo debajo del arco, momento en el cual tenían que alzarse y levantar los brazos para atrapar la botella, que era el premio. Estas competencias también se hacían en las festividades a San Benito. Explotaban bombas y fuegos artificiales. En Los Chichíes lo hacían en un sitio amplio, abierto, a cuyo alrededor estaban los ranchos del caserío. Los de San Ignacio salíamos de casa en la mañana y regresábamos en la tarde. Después de esa fiesta –continúa Félix- yo regresé solo a Los Chichíes dos semanas después, pendiente de una muchacha que había conocido y que después sería mi esposa. A los 23 años me casé con ella y me vine para Los Chichíes”. Podemos imaginarlo a caballo, y aún a pie, apurando el paso por esos caminos para sus visitas de enamorado” (3).

O esta otra que involucra a mi abuelo Esteban González:

“El juego de gallos era la diversión favorita de Esteban. En la familia se ha llegado a decir que esa afición suya y de varios de sus hermanos era lo que había originado que se les apodara “los pollos”; sin embargo, no podemos asegurar la certeza de eso. Esteban asistía a menudo los domingos a las galleras de Villa Vieja, San Ignacio y otros poblados, y en particular gustaba de frecuentar las de San José, que tenían fama de ser muy buenas galleras. Para esos eventos, a los que asistía una o dos veces al mes en la temporada de gallos durante el verano, Esteban se vestía muy elegante con trajes blancos de Lino 100 o liquiliqui, corbata negra, zapatos y un sombrero de paño fino, marca “Borsalino”. A veces se reunían varios hombres de Villa Vieja y se iban de pie en el cajón de un camión para San José. Muchos de ellos llevaban su gallo bajo el brazo, entre ellos Esteban, que los criaba en la matera. Usaban también una hamaquita para portar el gallo, la cual se colgaba del hombro y tenía orificios para sacar la cabeza, la cola y las patas del animal” (4).

Otras historias atañen a sobresaltos y penas que involucraban la vida o la salud:

“Pocos meses antes [en] 1935, la familia de Esteban y Emelina había tenido un serio problema cuando la hija… de 17 años, había tenido convulsiones. Decían que tenía pasmo, o que había pelado yuca teniendo la menstruación. Enviaron a Carlos Ramón en la nochecita a caballo para Machiques a hablar allá con el doctor Fister, quien ya conocía el caso. Este le recetó unas medicinas que Carlos Ramón compró en Machiques, para luego regresar a casa en la madrugada. Dos años antes, el doctor Fister había atendido también en la casa de Villa Vieja a Renato, quien entonces tenía sólo seis años y padecía sarampión. Renato nos contó que Fister le había puesto una ampolleta en la barriga, y que eso lo había salvado” (5).

Y cuando uno busca y pregunta no va a dejar de encontrar también historias relacionadas con las guerras caudillistas que se vivieron en Venezuela:

“La historia de José del Carmen Díaz, llamado “el Mocho” Díaz porque le faltaba un dedo de la mano, es un revelador ejemplo de la violencia política de fines del siglo XIX. Me la refirió Hermenegildo Montero, quien me dijo haberla oído cuando era un muchacho de boca de su propio protagonista. El “Mocho” Díaz habría venido a Perijá escondiéndose junto a otros seis hombres, al parecer perseguidos en medio de algún enfrentamiento político armado (alguna “revolución”, como se decía en ese tiempo). Los perseguidores los atraparon en un bosque entre Villa Vieja y Sartenejo, y los ataron a los siete en cadena con un cáñamo, cuyas puntas fueron amarradas a sendos árboles en cada extremo. Así amarrados, los fusilaron; y al cortar el mecate en una punta los cuerpos cayeron al suelo. Entonces, puyaron los cuerpos para asegurarse de que ninguno había quedado vivo y no contentos con eso, les arrimaron hojas secas y les prendieron fuego, con el mismo fin. Seis de ellos estaban muertos menos el “Mocho” Díaz, quien soportó la puyada y la quemada haciéndose el muerto. Cuando los verdugos se habían alejado, se soltó picando el cáñamo con una navaja que logró quitarle al cadáver vecino. Según Hermenegildo, Díaz se quedó en Perijá, viviendo en Los Haticos, lo cual me confirmó su nieto Víctor Díaz, quien me refirió una versión de los sucesos similar a la expuesta, y me dijo que el “Mocho” Díaz había residido en Puentecitas, San Ignacio y Los Haticos, habiendo muerto en este último. [Sabemos que] se casó en 1875 a los 39 años… con Felicita Martínez (de Machiques), con quien tuvo cuatro hijos… Según su partida de defunción… era natural de San Juan de Dios (Maracaibo). Así que la persecución y fusilamiento de los cuales resucitó José del Carmen Díaz debieron haber ocurrido antes de 1875, y quizás estuvieron relacionados con las escaramuzas violentas del período venancista” (6).

Sin embargo, estoy seguro de que la memoria de San Ignacio y de estas sabanas que en su momento fueron la puerta entre las tierras del norte y del sur del río Apón atesora principalmente historias de esfuerzos, sudores, cansancios y merecidos resultados del trabajo de los perijaneros.

Quiero finalizar manifestando mi convicción, como perijanero que soy de los municipios Machiques y Rosario, que nuestro Perijá es uno sólo. Somos uno en nuestros orígenes y nuestra historia. La sangre que habitó en principio al norte y al sur del Apón fue la de nuestros mismos indígenas, y la sangre hispana (marabina y canaria) y africana que se esforzó en construir los pueblos del sur es la misma que antes lo hizo en estas sabanas y en la Villa del Rosario. Que el crecimiento haya generado la necesidad administrativa y política de diferenciarlos en dos municipios autónomos no divide el alma de su gentilicio, que es el de ser perijaneros. Ojalá esa unidad de gentilicio siga sobreviviendo hacia el futuro, cuando el crecimiento motive nuevas demarcaciones administrativas, como podría ocurrir en las tierras que hoy conocemos como la Cachamana, esa tercera tierra de expansión perijanera que ha surgido desde que se abrió en 1969 esa gran puerta que fue la carretera Machiques-Colón.

Cultivar ese gentilicio como medio de afirmación propia, no como mecanismo de exclusión de otros gentilicios, permitirá a los dos municipios perijaneros aunar proyectos y fuerzas, compartir recursos y actuar unidos en el campo económico, social y político. Permítanme terminar diciendo: Perijá es uno sólo, y su historia es una sola. Gracias.

(Quiero agradecer al Sr. Olegario Martínez, Alcalde del Municipio Rosario de Perijá, su amable invitación a participar en este Reencuentro de Perijaneros en San Ignacio, y el honor que me ha hecho al encargarme de pronunciar el Discurso de Orden de esta Sesión Solemne del Concejo Municipal)

REFERENCIAS:

1) Romero, Nerio Enrique. Fundadores en Perijá. De las razas al gentilicio (obra inédita). Capítulo XII.

2) Romero, Nerio Enrique. Sabanas de Coral. Familia, vida e historia en Perijá. Maracaibo, Reimpresión 2011. Capítulo 6.

3) Romero, Nerio Enrique. Enamorado a caballo (Dedicado a la familia de Félix Morán, de Los Chichíes). Serie Historia breve de Perijá N° 15. Blog Derecho de Palabra, 29-1-2014. https://derechodepalabra.wordpress.com/

4) Romero, Nerio Enrique. Sabanas de Coral. Obra citada. Capítulo 14

5) Ídem, Capítulo 12

6) Ídem, Capítulo 11

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Acerca de derechodepalabra

Nerio Enrique Romero González: Médico de familia y profesor universitario. Aficionado al estudio de la historia, incursionando en ese campo, investigando y publicando
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