Historia breve de Perijá N° 19

Croquis de la villa de Perijá en 1751 (vista parcial)

Croquis de la villa de Perijá en 1751 (vista parcial)

LA PRIMERA CASA DE CABILDO

La Villa del Rosario, primer asentamiento poblacional hispano que logró estabilizarse y permanecer en la región de Perijá, encontró su ubicación definitiva en un lugar antiguamente conocido como Operapán. Fue oficialmente mudada allí en 1744 desde su sitio en las cercanías del río Apón, más al sur, donde fue originalmente establecida en 1724 (1). Documentos oficiales que describen el estado de la fundación de la nueva villa, fechados en 1744 y 1748, dan cuenta de que había sido delineada la plaza, edificada la nueva iglesia y construidas muchas de sus casas, pero no mencionan nada sobre la construcción de la casa de cabildo (2).

Es en febrero de 1751 cuando dos informes dan cuenta de esta edificación, afirmando que estaba “perfectamente acabada, bien fuerte y lucida” (3). Uno de estos informes nos ofrece algunos detalles de la primera casa municipal: tenía 25 varas (unos 20 metros) de frente a la plaza, en donde había un portal de 5 varas (unos 4 metros) y cuatro ventanas “puestas con igualdad, que le dan bastante lucimiento”, de 1.60 metros de alto por 80 centímetro de ancho. Estaba construida sobre horconería de vera, “que es incorruptible”, y sus paredes de piedra estaban “cubiertas de mezcla de cal para el resguardo de las aguas”. El techo era “de maderas muy permanentes cubiertas de teja”. Contaba con una sala de unos nueve metros de largo por cinco de ancho, y a su lado un cuarto mediano con cerradura en su puerta, en el que se guardaban en un cajón todos los papeles “debajo de tres llaves, en conformidad de la Real Disposición”. Tenía además “dos cuartos para gente decente” [sic], un cuarto para habitación del carcelero y un calabozo “para prisión de facinerosos de delitos graves” (3). El informe de 1751 del cabildo que contiene todos estos detalles lleva la firma de los alcaldes ordinarios Don Joseph de Urreistieta y Don Pedro Joseph Duarte, y de los regidores Don Joseph de Alcayde Chavarría y Don León de Larrazábal. El croquis de la villa remitido al rey ese año de 1751 ubica dicha casa de cabildo en la cuadra sur de la plaza (4).

Hay dos aspectos de la anterior descripción que nos han resultado particularmente curiosos o interesantes. Uno es el hecho de que los documentos municipales se guardaban “debajo de tres llaves”, disposición que parece destinada a que su manejo y cuidado no fuesen confiados a una sola persona; es posible que dichas tres llaves estuviesen en poder de los dos alcaldes y alguno de los regidores. Por otra parte, que además del calabozo destinado a los prisioneros peligrosos hubiese “dos cuartos para gente decente”; es posible que estuvieran destinados a alojamiento de visitantes, pero también que funcionaran como lugar de prisión de los vecinos del número o individuos principales de la villa, en caso de que fueran detenidos. Sería muy interesante conocer más detalles del funcionamiento de la casa municipal en la etapa fundadora. Quizás investigaciones adicionales nos lo permitan.

BIBLIOGRAFÍA:

1)  Romero González, Nerio Enrique. Fundadores en Perijá. De las razas al gentilicio. Capítulos 11 y 12.  Primera edición. Maracaibo (Venezuela) 2014.

2)  Peña Vargas, Ana Cecilia. Nuestra Señora del Rosario de Perijá. Documentos para su Historia 1722-1818. Serie Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, Vol. 239-241. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Caracas, 1998. Tomo II, pp.335-337, 347-348 y 398-399.

3)  Ídem, Tomo II, pp.403 y 419-421.

4)  Archivo General de Indias, Sevilla, España. Mapas y Planos – Venezuela, 133. Año de 1751.

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HISTORIA BREVE DE PERIJÁ N° 18

REENCUENTRO DE PERIJANEROS EN SAN IGNACIO (parte II)

Río San Ignacio, a su paso por Hacienda María Rosario

Río San Ignacio, a su paso por la Hacienda María Rosario

(Discurso de Orden de Nerio Enrique Romero en la Sesión Solemne del Concejo Municipal de Rosario de Perijá con motivo de declarar el Reencuentro de Perijaneros en San Ignacio como Patrimonio Cultural del Municipio, y de entregar la Orden “Sixto Zambrano” a varios ciudadanos del municipio. San Ignacio, Sábado 2 de agosto del 2014)

(… continuación)

“A poco de salir del poblado, en un pequeño cerro, estaba la casona conocida como El Recreo, construida en 1920 por un coronel gomecista llamado Ismael Marín, que fue Prefecto del distrito; era una casa de juego… El camino pasaba frente a la casona, por donde después estaría la calle principal del Barrio El Recreo. Pasaba después al lado de la Casimba de la Piedra, que en ese entonces era el manantial que surtía de agua a la Villa, de donde era acarreada en latas”…

“El camino a San Ignacio y Villa Vieja en 1928 ya era de dos trillas, porque empezaban a transitarlo algunos automóviles y camiones, y discurría por la sabana acompañado de los postes de madera del telégrafo, que tendrían 5 ó 6 metros de altura. Al pasar la Casimba de la Piedra, seguía por los terrenos donde después estaría el cuartel del Ejército y más allá por el hato de Juan Gil, donde había un jagüey en el que los viajeros solían lavarse. Continuaba hacia el sur, dejando lejos a su derecha los Altos de Jalisco. Más adelante, a la izquierda del camino, estaba un cerro muy alto llamado el Cerro del Conejo, y más lejos a la derecha el Cerro Piedras Negras, donde había un bosque… Continuaba unos 3 kilómetros por esa sabana hasta el río San Juan, teniendo siempre a la derecha la Sierra de Perijá, hermosa aún en la lejanía”…

“En el río San Juan había un puente de madera, pequeño pero muy necesario porque el cauce del río tenía mucha sipa y hasta los burros se pegaban. Antes de llegar al puente, otro camino se abría a la izquierda hasta el caserío de Las Patillas, y al pasar el río se encontraba un sitio llamado Jagüey Hondo, llamado así por un gran jagüey…”

“El camino a San Ignacio y Villa Vieja era también un camino real, después camino nacional, y en 1928 era el más transitado para ir de la Villa a Machiques, Las Piedras y San José. Había otro camino de la Villa a Machiques que salía por Jalisco pasando por Macoa, por donde luego se construiría la carretera de asfalto inaugurada en 1944; era más directo, pero había que pasar más ríos y había tres pasos muy difíciles: el caño de La Tacamaca, el río Cogollo y el río Apón, intransitables en invierno porque allí no había en ese tiempo puentes, ni barquillas (embarcaciones de madera utilizadas para ganar la otra orilla acarreando personas, animales, vehículos y mercancías). En cambio, había una barquilla para pasar el Apón en el puerto de San Rafael, cerca de Villa Vieja, lo cual hacía que el camino por San Ignacio y Villa Vieja fuera todavía en 1928 el más adecuado para ir hacia los pueblos perijaneros que estaban al sur de La Villa, especialmente Las Piedras, San José y Machiques”…

“A poco menos de una legua de Jagüey Hondo estaba el Alto del Pilón a un lado del camino, y un poco más allá el riecito de San Ignacio, que se cruzaba por un puerto llamado El Pozón o por un puente de madera que había sido construido hace algunos años por vecinos de la zona, entre ellos el mismo Esteban González y Napoleón Chacín, éste último de San Ignacio; las vigas eran de madera de vera, por lo cual aún terminado el siglo XX se conservaba operativo. En 1928, a ese puente lo llamaban “El Paso de los Carros”. Pasado el puente… [se estaba] ya cerca de los primeros hatos de San Ignacio”…

“El tendido del telégrafo acompañaba el camino a su paso por San Ignacio, y seguía hacia Villa Vieja. Desde esta última continuaba para atravesar el Apón y salir a la hacienda “La Gota de Oro”, según me contó el Sr. Antonio Pachano, guarda líneas desde 1950; desde allí, el tendido se dirigía a Las Piedras, donde estaba el punto de enlace de los cables de Machiques, San José, y La Villa, que eran los tres lugares donde había telegrafistas… Había dos guarda líneas, personas que estaban encargadas de la vigilancia y mantenimiento del tendido: uno hacía el recorrido a pie desde Machiques y San José, y el otro desde La Villa; ambos se encontraban en Villa Vieja e intercambiaban allí tarjetas selladas de sus respectivas oficinas, llamadas contraseñas, que servían para certificar el cumplimiento de su recorrido. Antonio Pachano hizo ese trabajo hasta 1962, y me contó que después de él hubo otros guarda líneas…” (2).

Entre esas historias que me han compartido nuestros ancianos y que tuvieron lugar en esta puerta de entrada entre el Perijá del norte y el del sur, hay algunas que son entrañables porque atañen a los sentimientos y alegrías de nuestros abuelos. Oigamos ésta referida a Félix Morán, nativo de San Ignacio:

“A comienzos del siglo XX, el tránsito entre los poblados y caseríos ubicados al norte y el sur del río Apón en Perijá era importante. Para ir desde la entrada de Villa Vieja a San José y Las Piedras en 1935, había que tomar hacia la derecha  en dirección al oriente, por un camino de trillas que conducía al puerto (paso) de San Rafael en el río Apón, que estaba a unos tres kilómetros. Según Hermenegildo Montero el puerto estaba cerca de  Las Piedras, en la hacienda “San Rafael”… Allí había dos pasos: uno río arriba que estaba entre dos barrancas, por donde se cruzaba en una barquilla, y otro más abajo para el cruce de bestias y ganado; cuando el río estaba crecido las bestias debían cruzar subiendo a la barquilla. Al salir de la montaña (así se le dice en Perijá a las arboledas de las vegas de los ríos) salía un camino de dos trillas a la izquierda para San José, y otro a la derecha para Las Piedras, La Paja y Machiques. Félix Morán, nacido en 1913, vio su destino influido por su asistencia a las fiestas de carnaval en Los Chichíes, caserío vecino a Las Piedras. Él nos contó:

“Yo soy de San Ignacio, donde vivía. Vine a Los Chichíes acompañado de ocho a diez amigos de allá, a caballo. Una hora demorábamos en el camino, pasando por Villa Vieja y cruzando el Apón por el paso de San Rafael. En las fiestas de estos pueblos ponían un arco alto, adornado con flores y papel de colores, para hacer competencias a caballo. Lo armaban con bejucos, que se colocaban arqueados sobre dos varas de guauda que le servía de soporte, una a cada lado. En la parte alta del arco colocaban una polea, y una botella de ron que se subía y bajaba halando una cabuya, tal como se hace ahora con las piñatas. Los jinetes pasaban corriendo debajo del arco, momento en el cual tenían que alzarse y levantar los brazos para atrapar la botella, que era el premio. Estas competencias también se hacían en las festividades a San Benito. Explotaban bombas y fuegos artificiales. En Los Chichíes lo hacían en un sitio amplio, abierto, a cuyo alrededor estaban los ranchos del caserío. Los de San Ignacio salíamos de casa en la mañana y regresábamos en la tarde. Después de esa fiesta –continúa Félix- yo regresé solo a Los Chichíes dos semanas después, pendiente de una muchacha que había conocido y que después sería mi esposa. A los 23 años me casé con ella y me vine para Los Chichíes”. Podemos imaginarlo a caballo, y aún a pie, apurando el paso por esos caminos para sus visitas de enamorado” (3).

O esta otra que involucra a mi abuelo Esteban González:

“El juego de gallos era la diversión favorita de Esteban. En la familia se ha llegado a decir que esa afición suya y de varios de sus hermanos era lo que había originado que se les apodara “los pollos”; sin embargo, no podemos asegurar la certeza de eso. Esteban asistía a menudo los domingos a las galleras de Villa Vieja, San Ignacio y otros poblados, y en particular gustaba de frecuentar las de San José, que tenían fama de ser muy buenas galleras. Para esos eventos, a los que asistía una o dos veces al mes en la temporada de gallos durante el verano, Esteban se vestía muy elegante con trajes blancos de Lino 100 o liquiliqui, corbata negra, zapatos y un sombrero de paño fino, marca “Borsalino”. A veces se reunían varios hombres de Villa Vieja y se iban de pie en el cajón de un camión para San José. Muchos de ellos llevaban su gallo bajo el brazo, entre ellos Esteban, que los criaba en la matera. Usaban también una hamaquita para portar el gallo, la cual se colgaba del hombro y tenía orificios para sacar la cabeza, la cola y las patas del animal” (4).

Otras historias atañen a sobresaltos y penas que involucraban la vida o la salud:

“Pocos meses antes [en] 1935, la familia de Esteban y Emelina había tenido un serio problema cuando la hija… de 17 años, había tenido convulsiones. Decían que tenía pasmo, o que había pelado yuca teniendo la menstruación. Enviaron a Carlos Ramón en la nochecita a caballo para Machiques a hablar allá con el doctor Fister, quien ya conocía el caso. Este le recetó unas medicinas que Carlos Ramón compró en Machiques, para luego regresar a casa en la madrugada. Dos años antes, el doctor Fister había atendido también en la casa de Villa Vieja a Renato, quien entonces tenía sólo seis años y padecía sarampión. Renato nos contó que Fister le había puesto una ampolleta en la barriga, y que eso lo había salvado” (5).

Y cuando uno busca y pregunta no va a dejar de encontrar también historias relacionadas con las guerras caudillistas que se vivieron en Venezuela:

“La historia de José del Carmen Díaz, llamado “el Mocho” Díaz porque le faltaba un dedo de la mano, es un revelador ejemplo de la violencia política de fines del siglo XIX. Me la refirió Hermenegildo Montero, quien me dijo haberla oído cuando era un muchacho de boca de su propio protagonista. El “Mocho” Díaz habría venido a Perijá escondiéndose junto a otros seis hombres, al parecer perseguidos en medio de algún enfrentamiento político armado (alguna “revolución”, como se decía en ese tiempo). Los perseguidores los atraparon en un bosque entre Villa Vieja y Sartenejo, y los ataron a los siete en cadena con un cáñamo, cuyas puntas fueron amarradas a sendos árboles en cada extremo. Así amarrados, los fusilaron; y al cortar el mecate en una punta los cuerpos cayeron al suelo. Entonces, puyaron los cuerpos para asegurarse de que ninguno había quedado vivo y no contentos con eso, les arrimaron hojas secas y les prendieron fuego, con el mismo fin. Seis de ellos estaban muertos menos el “Mocho” Díaz, quien soportó la puyada y la quemada haciéndose el muerto. Cuando los verdugos se habían alejado, se soltó picando el cáñamo con una navaja que logró quitarle al cadáver vecino. Según Hermenegildo, Díaz se quedó en Perijá, viviendo en Los Haticos, lo cual me confirmó su nieto Víctor Díaz, quien me refirió una versión de los sucesos similar a la expuesta, y me dijo que el “Mocho” Díaz había residido en Puentecitas, San Ignacio y Los Haticos, habiendo muerto en este último. [Sabemos que] se casó en 1875 a los 39 años… con Felicita Martínez (de Machiques), con quien tuvo cuatro hijos… Según su partida de defunción… era natural de San Juan de Dios (Maracaibo). Así que la persecución y fusilamiento de los cuales resucitó José del Carmen Díaz debieron haber ocurrido antes de 1875, y quizás estuvieron relacionados con las escaramuzas violentas del período venancista” (6).

Sin embargo, estoy seguro de que la memoria de San Ignacio y de estas sabanas que en su momento fueron la puerta entre las tierras del norte y del sur del río Apón atesora principalmente historias de esfuerzos, sudores, cansancios y merecidos resultados del trabajo de los perijaneros.

Quiero finalizar manifestando mi convicción, como perijanero que soy de los municipios Machiques y Rosario, que nuestro Perijá es uno sólo. Somos uno en nuestros orígenes y nuestra historia. La sangre que habitó en principio al norte y al sur del Apón fue la de nuestros mismos indígenas, y la sangre hispana (marabina y canaria) y africana que se esforzó en construir los pueblos del sur es la misma que antes lo hizo en estas sabanas y en la Villa del Rosario. Que el crecimiento haya generado la necesidad administrativa y política de diferenciarlos en dos municipios autónomos no divide el alma de su gentilicio, que es el de ser perijaneros. Ojalá esa unidad de gentilicio siga sobreviviendo hacia el futuro, cuando el crecimiento motive nuevas demarcaciones administrativas, como podría ocurrir en las tierras que hoy conocemos como la Cachamana, esa tercera tierra de expansión perijanera que ha surgido desde que se abrió en 1969 esa gran puerta que fue la carretera Machiques-Colón.

Cultivar ese gentilicio como medio de afirmación propia, no como mecanismo de exclusión de otros gentilicios, permitirá a los dos municipios perijaneros aunar proyectos y fuerzas, compartir recursos y actuar unidos en el campo económico, social y político. Permítanme terminar diciendo: Perijá es uno sólo, y su historia es una sola. Gracias.

(Quiero agradecer al Sr. Olegario Martínez, Alcalde del Municipio Rosario de Perijá, su amable invitación a participar en este Reencuentro de Perijaneros en San Ignacio, y el honor que me ha hecho al encargarme de pronunciar el Discurso de Orden de esta Sesión Solemne del Concejo Municipal)

REFERENCIAS:

1) Romero, Nerio Enrique. Fundadores en Perijá. De las razas al gentilicio (obra inédita). Capítulo XII.

2) Romero, Nerio Enrique. Sabanas de Coral. Familia, vida e historia en Perijá. Maracaibo, Reimpresión 2011. Capítulo 6.

3) Romero, Nerio Enrique. Enamorado a caballo (Dedicado a la familia de Félix Morán, de Los Chichíes). Serie Historia breve de Perijá N° 15. Blog Derecho de Palabra, 29-1-2014. https://derechodepalabra.wordpress.com/

4) Romero, Nerio Enrique. Sabanas de Coral. Obra citada. Capítulo 14

5) Ídem, Capítulo 12

6) Ídem, Capítulo 11

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HISTORIA BREVE DE PERIJÁ N° 17

REENCUENTRO DE PERIJANEROS EN SAN IGNACIO (parte I)

Municipios Rosario y Machiques de Perijá (mapa parcial)

Municipios Rosario y Machiques de Perijá, Estado Zulia (mapa parcial)

 (Discurso de Orden de Nerio Enrique Romero en la Sesión Solemne del Concejo Municipal de Rosario de Perijá con motivo de declarar el Reencuentro de Perijaneros en San Ignacio como Patrimonio Cultural del Municipio, y de entregar la Orden “Sixto Zambrano” a varios ciudadanos del municipio. San Ignacio, Sábado 2 de agosto del 2014)

     “En julio de 1746 murió el Rey de España Felipe V, sucediéndole su hijo Fernando VI; y ese año asumió la gobernación de la provincia de Maracaibo el Teniente Coronel Francisco Miguel Collado, cargo para el cual fue designado en 1744. En Perijá, Don Juan Francisco Xedler de Inciarte asumió como Teniente de Justicia Mayor y Comandante de Armas, designado por Don Juan de Chourio con aprobación del gobernador de la provincia, cargo que sabemos estuvo ejerciendo al menos hasta 1751, cuando Chourio llegó a proponerlo como sucesor, en el caso de su muerte, en las obligaciones y privilegios como Cabo principal de la fundación de Perijá. Entre ellos, el de ser ensalzado con el título y honor de Marqués cuando se declarase cumplida su obligación como fundador. Al explicar los méritos de Xedler, Chourio afirmó que había sido “uno de los principales fundadores y pobladores de la expresada villa”.

     “Xedler de Inciarte fue un personaje importante de Maracaibo, como lo atestigua el hecho de haber sido Alcalde ordinario de esa ciudad al menos en una ocasión, que sepamos, en 1728. En 1757 en su testamento Juan de Chourio expresa estar agradecido de él por haberle cedido sin llevarle cuenta una casa de su propiedad en Maracaibo, en la cual vivió el fundador desde 1723 hasta su muerte ese año, en agradecimiento a lo cual se hizo cargo de una deuda de 3000 pesos que Xedler tenía con otro vecino; y además legó a cada uno de sus cuatro hijos 1000 pesos de plata, en obsequio del cariño que les tenía y la amistad que le unió a su padre. Por ese testamento sabemos que Xedler murió antes que Chourio, y quizás esa fue la razón por la cual éste designó como heredero de su título de Cabo principal de la pacificación y fundación de Perijá a Don Manuel García de la Peña. Como ya se ha dicho, en 1751 Chourio propuso al Rey designase a Xedler como su heredero en ese cargo.

     “Don Juan Xedler de Inciarte debe haber sido el “Don Juan de Inciarte” que el gobernador Torreyro mencionó en su informe de 1730 entre las tres personas que estaban fundando hatos en el paraje llamado Curipia, que estaba a “cosa de dos leguas” de la villa vieja, paraje que fue conocido más tarde como el partido de San Ignacio y Curipia. Si esto fuera cierto, como suponemos, podría explicar el origen del nombre del actual pueblo de San Ignacio, si consideramos que el hijo varón de Xedler de Inciarte llevaba el nombre de Juan Ignacio y que Xedler profesaba gran aprecio y amistad por la Compañía de Jesús, cuyo fundador fue San Ignacio de Loyola; según manifestó el propio Xedler, su casa de Maracaibo fue durante muchos años “común hospicio donde vivían y moraban todos los reverendos padres” de dicha compañía cuando transitaban por esa ciudad. Sabemos más ciertamente que tuvo un hato en Perijá, como aparece reportado en el padrón hecho por el gobernador en 1751: “tiene hato de ganados vacunos” además de casa en la villa y 26 esclavos. Una hipótesis plausible es que el hato de Xedler tuviese por nombre San Ignacio (1).

     Estos párrafos pertenecen al libro Fundadores en Perijá. De las razas al gentilicio, de mi autoría, el cual espero poner en las manos de los interesados en la historia de Perijá y el Zulia el próximo mes de septiembre. Juan Xedler de Inciarte, personaje del Maracaibo colonial cuyo primer apellido proviene de la villa castellana de Almagro, en donde se asentó en la época del 1500 su antepasado alemán que le heredó su apellido, fue posiblemente quien determinó que a este lugar entrañable para los perijaneros hoy en día lo conozcamos como San Ignacio.

     Pocos lugares podrían ser más apropiados para celebrar el gentilicio perijanero que éste donde nos encontramos. Porque algún sitio muy cercano en estas mismas sabanas fue el elegido por Juan de Chourio y sus acompañantes para establecer el primer asentamiento poblacional hispano en Perijá que logró tener permanencia. Los documentos de la época proporcionan evidencias bastante firmes de que fue en el sitio que hoy ocupa Villa Vieja o en su entorno muy inmediato donde Don Juan de Chourio comenzó a construir la primera Villa del Rosario. La relación de distancias con el río Apón, el paraje de San Juan y el río Palmar que aparece en esos documentos constituye, en mi opinión, evidencia concluyente al respecto. Es posible que las ruinas que según el testimonio oral de ancianos nuestros existían en el lugar que fue conocido como el Bosque de las casas, que según esos testimonios estuvo a cosa de un kilómetro de Villa Vieja saliendo hacia Sartenejo, hayan sido los vestigios de esa primera villa construida a partir de 1724. Es muy posible que parte de esas ruinas permanezcan allí, enterradas por el tiempo. También por esos documentos sabemos que en otro lugar muy cercano, a la orilla del Apón, estableció Chourio en esos años buenas labranzas de plátano, maíz y caña además de un trapiche que pronto empezaron a proporcionar elementos de subsistencia a los pioneros de Perijá y hasta a la ciudad de Maracaibo. Y que la existencia de estas labranzas facilitó que en otro lugar cercano se fundase en 1735 San Francisco de Apón, uno de los primeros pueblos de misión a cargo de los frailes capuchinos valencianos, y se establecieran allí varias familias de indios coyamos, uno de los grupos antepasados de nuestros actuales yukpas. Sabemos, claro está, que la interacción hostil que entonces existía con los indígenas motilones (antepasados de nuestros actuales barís) hizo muy riesgosa y precaria la existencia en la primera Villa del Rosario y en San Francisco de Apón. Para 1738 este pueblo misional fue abandonado, y en 1740 la villa de españoles comenzó su mudanza al sitio conocido entonces como Operapán, que es donde se asienta hoy la Villa del Rosario.

     El paraje que en ese tiempo fue conocido como partido de San Ignacio y Curipia fue, junto con el de San Juan, asiento de los primeros hatos de ganado de los que tengamos información en Perijá al sur del río Palmar y al norte del Apón. Se establecieron, como hemos dicho, a partir de 1724. Sabemos de la existencia anterior en Perijá durante el siglo XVII de muy escasas explotaciones agrícolas operadas bajo el sistema de encomiendas, y del pastoreo de ganados pertenecientes a vecinos de Maracaibo, lo cual hace muy probable la existencia de hatos en tiempos más remotos. Sin embargo, esos asentamientos no lograron tener permanencia y es muy probable, en nuestra opinión, que estuviesen ubicados más al norte, quizás incluso al norte del río Palmar. Fueron estas sabanas y las de San Juan las que dieron asiento a los primeros hatos de ganado que lograron permanecer desde que comenzó el poblamiento hispano de Perijá.

     Fueron también estas sabanas durante un tiempo considerable el límite en que se contenía el poblamiento del Perijá que conocemos hoy en día, que comenzó con la empresa fundadora emprendida por Don Juan de Chourio en 1723. Y cuando ese poblamiento se extendió a las tierras del sur del río Apón, San Ignacio y sus pueblos vecinos se convirtieron en la puerta principal entre el Perijá que ya se había consolidado (hoy en día el municipio Rosario) y el que se extendía hacia el sur (el actual municipio Machiques). Permítaseme evocar esta noche algunas de las memorias que compartieron conmigo Hermenegildo Montero y otros ancianos de nuestra tierra, que están recogidas en Sabanas de Coral. Familia, vida e historia en Perijá, y que corresponden a la primera mitad del pasado siglo 20:

     “En dirección suroeste de la plaza Bolívar [de la Villa del Rosario] estaba el punto donde comenzaba el camino. Era conocido como El Cují de los Muertos, porque allí llegaban las comitivas fúnebres que venían de los campos, descargaban los ataúdes de las carretas o de las bestias, e iniciaban su procesión por las calles del pueblo hasta la iglesia. A la sombra de ese cují, los difuntos eran esperados por sus familiares y amigos del pueblo. Estaba ubicado en lo que más tarde sería la esquina de las calles Independencia (también llamada el Pantano) y El Marqués; allí también estaría la sede del INCE (Instituto Nacional de Cooperación Educativa). También por ese punto salía el tendido del telégrafo, que iba hasta Villa Vieja por la misma ruta del antiguo camino, para de allí continuar hasta San José y Machiques. En burro y cargados de corotos… tomaría unas 3 horas llegar a… [Villa Vieja]… a caballo, al pasitrote, se podía llegar en hora y media”…     (continúa)

REFERENCIA: 1) Romero, Nerio Enrique. Fundadores en Perijá. De las razas al gentilicio (obra inédita). Capítulo XII.

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Historia breve de Perijá N° 16

Catedral de Machiques de Perijá

Catedral de Machiques de Perijá c.1950

 

SOBRE LA FUNDACIÓN y EL NOMBRE DE MACHIQUES  

(Preparado para el Encuentro de Cronistas Perijaneros, a celebrarse el 2 de mayo de 2014 en Machiques, por invitación del Cronista de la ciudad) (Actualizado el 4-5-2014)

Tomando en cuenta la información disponible al día de hoy, considero que es apropiado el enfoque que hacen Rutilio Ortega y sus colaboradores sobre el proceso fundacional de Machiques en su obra “Historia de Machiques de Perijá”, el cual puede resumirse de la siguiente manera:

“La fundación de Machiques es producto de un largo proceso de trabajo y actuación de los diferentes pueblos y culturas que se fueron asentando en el lugar en donde hoy se levanta nuestra ciudad. Los primeros habitantes de la zona fueron etnias indígenas, y sobre sus asentamientos y poblados se fundaron posteriormente… los pueblos españoles… Lentamente se fueron creando hatos de ganado y sus dueños y trabajadores levantaron casas para permanecer allí… Para julio de 1841, el lugar denominado “los Machiques” contaba con más de 500 habitantes no indígenas… En 1841 el Concejo Municipal del Cantón Perijá, ubicado en la Villa del Rosario, pidió… el establecimiento de una parroquia en las sabanas nombradas Machiques… El 18 de noviembre de 1841 concluyó el proceso fundacional de Machiques de Perijá cuando la Diputación Provincial de Maracaibo reconoció su existencia como pueblo a través de una ordenanza” (1)

Al caracterizar la fundación de la ciudad como un proceso que ocurrió de manera paulatina a lo largo del tiempo, y no como una fundación con una fecha determinada, nos vemos en la necesidad de elegir una fecha simbólica de fundación. Considero adecuado haber adoptado como tal la fecha del 18 de noviembre de 1841, lo cual es un hecho de bastante general aceptación. Esa fue la fecha de un hito muy importante de su historia, al recibir su reconocimiento legal como parroquia civil, aunque sabemos que su poblamiento comenzó bastante antes. De hecho la afirmación de que en 1841 la recién nacida parroquia contaba con más de 500 habitantes no indígenas, podemos confirmarla perfectamente al consultar el padrón eclesiástico realizado en 1846 (2): en el territorio de la parroquia civil Machiques había 865 habitantes (el 23.7% de la población total del Cantón Perijá, cuya cabeza era la Villa del Rosario). Vale la pena resaltar otros datos del padrón: sólo había en Machiques 3 esclavos, y sólo 4 personas de edad mayor a 60 años. Además, la tercera parte de la población era menor de 10 años (290 niños). Este último dato sugiere que no se trataba de una población que estuviera de paso, sino que ya había familias establecidas.

Un siglo antes, el 9 de marzo de 1745, ocurrió en su territorio el incidente del tío Agustín, suceso que se ha relacionado en ocasiones con la fundación de Machiques. En realidad ese día sucedió que Fray Silvestre de la Bata, misionero capuchino, vino de la Villa del Rosario acompañado de varias personas a proseguir la fundación de un pueblo misional de indios chaques, que había convenido establecer con ellos cerca de la ribera norte del río Apón y próximo al pie de la sierra de Perijá (estimamos sería a unos 4 kms al noroeste del Machiques actual). Estando allí fueron atacados por los indios motilones (actuales barís) enemigos de los chaques, por lo cual debieron regresar con premura hacia el norte, quedando muerto en el sitio el tío Agustín (3, 4). Su nombre era Agustín de Cepeda (5), un hombre de armas que había servido al menos desde 1729 con Don Juan de Chourio en Perijá (6, 7). En 1745, la presión de los motilones desde el sur hacía muy difícil el asentamiento de españoles o de pueblos misionales de indios pacíficos en las tierras planas del sur del río Apón (3).

Hay claras evidencias de que el nombre de la ciudad tiene su origen en un vocablo indígena: una de ellas la dejó asentada el misionero capuchino Fray Francisco de Catarroja (3) en el memorial de la visita que realizó a los 4 pueblos misionales existentes en 1738 en Perijá, a los cuales describe como pueblos de indios de nación coyama. Llama la atención la existencia de 4 apellidos indígenas de fonética muy similar: Machique, Maixic y Matití en el pueblo de San Francisco de Apón, y Matiquia en el pueblo de Piche. La existencia de apellidos de sonido muy similar a la palabra Machiques en el primero de estos pueblos, el cual estaba ubicado a orillas del río Apón y era el más sureño de los pueblos de misión existentes entonces, sugiere que hayan sido estos vocablos indígenas los que dieron origen al nombre de dicha ciudad, como nos señalara en una ocasión su cronista emérito Rafael Vargas Gutiérrez. Los apellidos Machiqué, Mayxcic, Matiti, Machic y Maxicó los encontraremos después en el padrón de 1742 del pueblo misional de San Francisco de Apontiníes (lugar al que se mudó entonces gran parte de los indios de San Francisco de Apón); y en 1748, cuando este pueblo tenía el nombre de San Francisco de Tintiníes, encontramos en su padrón los apellidos Machiqué y Manxic (3). Por otra parte, en asientos de los libros de bautismos de la Villa del Rosario se lee en dos oportunidades en noviembre de 1842 que el cura oficiante, Fray Gregorio de Benicarló, era “misionero en los Machiques”. Creemos que esas notas indican que también en 1842 existían grupos indígenas, quizás familias, que eran nombrados de esa manera (8).

BIBLIOGRAFÍA:

1) Ortega, Rutilio et al. Historia de Machiques de Perijá. Colección Zuliana N° 10. Serbiluz, Universidad del Zulia, Maracaibo 1995. pp.50-51

2) Padrón eclesiástico del Cantón de Perijá de 1846, elaborado por el párroco, Pbro. José María Alvarado. En: Libro de Bautismos N° 7 (años 1843-1847, y 1851) de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario, Villa del Rosario

3) Romero González, Nerio Enrique. Fundadores en Perijá. De las razas al gentilicio (inédito)

4) Peña Vargas, Ana Cecilia. Misiones capuchinas en Perijá. Documentos para su historia, 1682-1819. Serie Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, N° 228. Caracas, 1995. Tomo I, pp.347- 356

5) Peña Vargas, Ana Cecilia. Misiones capuchinas en Perijá. Documentos para su historia, 1682-1819. Serie Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, N° 230. Caracas, 1995. Tomo II, p.147

6) Archivo General de Indias (Sevilla, España). Sección Santo Domingo, legajo 669, sin foliar. Año de 1729.

7) Archivo General de Indias (Sevilla, España). Sección Santo Domingo, legajo 669, ff.21v-23v. Año de 1731.

8) Libro de Bautismos N° 6 (años 1837-1842) de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario, Villa del Rosario, pp.142-143.

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CONSTITUYENTE, PRIVILEGIOS y RENTA PETROLERA

Nerio E. Romero* 

(Publicado en el diario La Verdad. Maracaibo, sábado 5 de diciembre de 1998)

 

Nota preliminar del 23-2-2014:

[Este artículo fue publicado el día previo a la elección de Hugo Chávez como presidente de Venezuela por primera vez. Refleja parte de nuestras inquietudes del momento, aunque el énfasis está en la inconveniencia de promover una Asamblea Constituyente en aquel momento y contexto. Algunas de nuestras preocupaciones resultaron ser bien fundadas, y en realidad hubo consecuencias aún peores como el reeleccionismo y la desinstitucionalización de la fuerza armada. ¿Qué piensa Ud.?]

 

En cualquier familia o comunidad la existencia de normas básicas es una de las garantías de convivencia. Cuando surgen desacuerdos, dichas normas funcionan como elementos de contención para las posiciones divergentes. Por lo general, la existencia de desacuerdos no conduce, en una familia o comunidad funcional, a la supresión de las normas principales. Podrían conducir a flexibilizar posiciones o cambiar pautas específicas a través del acuerdo o la presión, pero no a cambiar las normas básicas del juego. También en una sociedad democrática, las reglas básicas consagradas en la Constitución son en última instancia las pautas a seguir por sectores en conflicto, por lo cual es recomendable que dichas normas estén por encima de mayorías políticas circunstanciales. No es lo mismo que una alianza política victoriosa cambie leyes y reglamentos en aspectos específicos de la política del Estado, a que cambie las normas básicas establecidas en la Constitución. Los cambios constitucionales en una sociedad democrática deben seguir un proceso exigente y en lo posible, ser consensuales. 

En Venezuela, existen conflictos sociales de suficiente intensidad y duración que han puesto en jaque a las mayorías políticas tradicionales, con la insurgencia de nuevas fuerzas. En particular hay dos fenómenos que afectan la vida de todos y ocasionan serios conflictos: por un lado, los cambios ocasionados en la esfera económica, financiera y comercial por la tendencia a la globalización económica; y por otro, la feroz lucha por los recursos económicos que administra el Estado, provenientes en su mayor parte de la renta petrolera, y menguados por las razones que todos conocemos. Estos dos fenómenos determinan buena parte de la conflictividad política y social que vivimos actualmente, y en mi opinión hacen que sea poco conveniente sustituir la actual Constitución por una surgida de una hipotética asamblea constituyente. Damos a continuación algunos ejemplos de los que podrían ser indeseables resultados de una constituyente convocada en estas condiciones. 

En el terreno económico, es posible que el Estado venezolano salga amarrado por una camisa de fuerza constitucional, como resultado de que algunos sectores económicos poderosos logren traducir en norma constitucional privilegios que han tenido y continúan aspirando tener. ¿Un ejemplo?: las distintas formas de proteccionismo industrial, agrícola y comercial. La inconveniencia de este hipotético resultado, muy probable en el ambiente actual, cargado de verborrea patriotera, es que en el mundo contemporáneo nuestro país necesita políticas económicas flexibles y racionales, y no dogmas que nos dejen sin capacidad de respuesta ante la cambiante realidad de hoy. En mi opinión, en caso de una asamblea constituyente o una reforma constitucional, el tema económico no debe estar en discusión; así evitaríamos salir ataviados con una camisa de fuerza indeseable, sea ésta populista, proteccionista o neoliberal. 

En el terreno fiscal, el riesgo no es menor. La burocracia estatal, que tiene la capacidad para pasar muchos días en la calle protestando sin que por ello se le descuente un solo día de sueldo, llevará una de las voces cantantes. Ese monstruo creado por el estatismo y el clientelismo político estará allí haciendo ruido, para asegurarse su tajada mientras el país productivo está ocupado trabajando. ¿Un ejemplo?: van a abundar propuestas, como porcentajes fijos del PIB para diversos sectores, homologación e indexación de salarios, conversión de privilegios sindicales y contratos colectivos irracionales en normas legales, y sobre todo, trabas constitucionales para la necesaria reforma de la seguridad social y el sector salud. Los saludables vientos de cambio que soplan en el área laboral y de la seguridad social encontrarán un formidable obstáculo en los grupos políticos, sindicales y gremiales que medran a la sombra del Estado, los cuales se aliarán con la demagogia de la probable coalición ganadora, que estará ansiosa por demostrar su consecuencia con algunas mal llamadas causas populares.

Si bien es cierto que nuestra Constitución requiere reforma urgentes que hagan más transparentes las reglas del juego político (referéndum revocatorio, reforma del poder judicial, por ejemplo), así como avances hacia la descentralización (hacienda pública regional) no es menos cierto que poner todas las normas constitucionales actuales en el asador de una constituyente, elegida en el clímax del malestar social al que nos ha conducido el agravamiento de la situación económica, augura pobres resultados. Podrían éstos ser: imposición de privilegios económicos como el proteccionismo, aseguramiento de la estructura clientelar de la burocracia estatal, así como de las cúpulas sindicales y gremiales, apropiamiento de la renta petrolera por grupos de presión, vía subsidios u otro tipo de gasto público, así como retrocesos en la reforma laboral y de la seguridad social. 

A menos que los líderes de las fuerzas políticas emergentes tengan la autoridad y valentía necesarias para hablar con claridad, y circunscriban el proceso de reforma constitucional a la necesaria reforma política, nos esperan muchos dolores de cabeza como resultado de que sobrarán voces para exigir al Estado políticas del tiempo de las vacas gordas en tiempo de vacas flacas. Y cuando lleguemos al inevitable arrepentimiento, ¿convocaremos otra constituyente? 

* Médico y profesor de LUZ

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RASPACUPOS EXPIATORIOS

NERIO ENRIQUE ROMERO |  EL UNIVERSAL (Versión digital) Caracas, jueves 30 de enero de 2014 http://www.eluniversal.com/opinion/140130/raspacupos-expiatorios
Publicado también en Código Venezuela, 30-1-2014 http://www.codigovenezuela.com/2014/01/opinion/nerio-romero/raspacupos-expiatorios-por-romeronerio

No califico como raspacupos, señor ministro. Las contadas veces que he usado los cupos de Cadivi ha sido para pagar gastos de viaje o adquirir por Internet bienes que hemos necesitado en la familia. Ni escribo hoy para justificar el uso irregular de tarjetas de crédito para hacerse de dólares baratos, actividad que su gobierno ha agregado a la extensísima lista de figuras delictivas que parece complacerse en abultar. Pero le confieso que uno llega a sentirse solidario con ese grupo de personas que ustedes han llegado a definir como delincuentes, porque entre las justificaciones que han esgrimido para devaluar nuestra moneda y limitar aún más los cupos en divisas que los ciudadanos podemos usar fuera de nuestro país, ha llegado usted al desesperado despropósito de acusarlos del inmenso desequilibrio macroeconómico al que han llevado a Venezuela los delirios ideológicos, la ineptitud y la corrupción del actual gobierno. Del cual usted forma parte hace muchos años, por cierto.

Aunque la opacidad del manejo del dinero público y las divisas internacionales, y la abigarrada nube de cifras millonarias que resbalan por su boca cuando habla del tema crean una desesperante oscuridad acerca de lo que en teoría nos pertenece a todos, hay algunos datos gruesos que no se nos escapan, cualquiera de los cuales da al traste de inmediato con su temeraria, y considero malintencionada, acusación. Me permito recordarle algunos.

Por ejemplo, si damos por cierto lo dicho por una antigua ministra (destituida por cierto a los pocos días) de que en el 2012 ese engendro revolucionario llamado Cadivi aprobó cerca de 20.000 millones de dólares a empresas de maletín, cuya lista el gobierno se obstina en ocultar, a cualquiera se le ocurre una simple operación aritmética: asumiendo que según voceros oficiales el ahorro de divisas derivado del recorte punitivo de los cupos de viajeros, remesas familiares y compras electrónicas será de alrededor de 1.580 millones de dólares, eso representa apenas un 7% del total asignado un año antes a las fulanas empresas fantasmas. Llama la atención que usted no se refiera casi a dichas empresas, y se empeñe en hacer pagar moralmente los platos rotos a los llamados raspacupos. La verdad, señor ministro, es que las restricciones a las que usted somete a viajeros, remesantes y compradores por Internet honestos (que también hay muchos) no alcanzan a tapar ni mínimamente el hueco que a las reservas de divisas les ocasiona la corrupción oficial.

Otro ejemplo en números redondos (para dummies, pues): los 100.000 barriles de petróleo que envía usted diariamente a Cuba valen 10 millones de dólares, que al cabo de un año representan 3.650 millones. Si aceptáramos que sea verdad que Cuba paga la mitad al contado (lo cual parece que nadie en su gobierno se atreve a asegurar con recibos en la mano) entonces la mitad que queda al fiado es de 1.825 millones de dólares al año. Un cifra superior a la que usted le va a privar este año a viajeros, remesantes y compradores por Internet venezolanos. No necesitamos sumar lo que se financia a través de Petrocaribe, ni investigar si pagan o no la mitad que están supuestos a pagar de contado, para darnos cuenta de dónde está el problema que usted pretende ocultar acusando a los raspacupos. “Si no rebajamos el cupo de viajeros, no podemos traer comida” ha llegado a decir usted. Se pasó, señor ministro.

Estos son dos ejemplos que sólo usamos por su valor demostrativo (hay muchos más) pero que a fin de cuentas no explican la porción más significativa de la escasez de divisas que a usted y a su gobierno les lleva a aplicar la tijera en la parte más delgada de la cuerda: el ciudadano común y corriente. Supongo que usted sabe (y parece condenado a callarlo para siempre) que esa escasez se deriva principalmente del elevado ritmo de importaciones que los delirios ideológicos de su gobierno han desencadenado, al destruir el aparato productivo nacional y ponernos a comprar en el exterior hasta el jabón de baño. Todo lo cual configura una situación de lesa patria, por la cual en algún momento habrá que responder cuando se aflojen los tornillos que mantienen soldados a sus sillas burocráticas a usted y a un grupito más. Tenga la seguridad de que eso sucederá, hasta por meras razones físicas. Señor ministro, presidente o vicepresidente (a usted no encuentra uno cómo llamarle): la simplista táctica del yo no fui tiene sus días contados, a pesar de que por ahora siga usted administrando el petróleo que es de todos.

Médico y profesor universitario

romeronerio@gmail.com

Blog: derechodepalabra@wordpress.com

Twitter: @romeronerio

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Historia breve de Perijá N° 15

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Al norte y al sur del río Apón – Perijá (Estado Zulia, Venezuela)

ENAMORADO A CABALLO

(Dedicado a la familia de Félix Morán, de Los Chichíes, a quienes no conozco)

 

A comienzos del siglo XX, el tránsito entre los poblados y caseríos ubicados al norte y el sur del río Apón en Perijá era importante. Para ir desde la entrada de Villa Vieja a San José y Las Piedras en 1935, había que tomar hacia la derecha  en dirección al oriente, por un camino de trillas que conducía al puerto (paso) de San Rafael en el río Apón, que estaba a unos tres kilómetros.  Según Hermenegildo Montero el puerto estaba cerca de  Las Piedras, en la hacienda “San Rafael”, propiedad de Teódulo Rincón. Allí había dos pasos: uno río arriba que estaba entre dos barrancas, por donde se cruzaba en una barquilla, y otro más abajo para el cruce de bestias y ganado; cuando el río estaba crecido las bestias debían cruzar subiendo a la barquilla. Al salir de la montaña (así se le dice en Perijá a las arboledas de las vegas de los ríos) salía un camino de dos trillas a la izquierda para San José, y otro a la derecha para Las Piedras, La Paja y Machiques.

Félix Morán, nacido en 1913, vio su destino influido por su asistencia a las fiestas de carnaval en Los Chichíes, caserío vecino a Las Piedras. Él nos contó:

“Yo soy de San Ignacio, donde vivía. Vine a Los Chichíes acompañado de ocho a diez amigos de allá, a caballo. Una hora demorábamos en el camino, pasando por Villa Vieja y cruzando el Apón por el paso de San Rafael. En las fiestas de estos pueblos ponían un arco alto, adornado con flores y papel de colores, para hacer competencias a caballo. Lo armaban con bejucos, que se colocaban arqueados sobre dos varas de guauda que le servía de soporte, una a cada lado. En la parte alta del arco colocaban una polea, y una botella de ron que se subía y bajaba halando una cabuya, tal como se hace ahora con las piñatas. Los jinetes pasaban corriendo debajo del arco, momento en el cual tenían que alzarse y levantar los brazos para atrapar la botella, que era el premio. Estas competencias también se hacían en las festividades a San Benito. Explotaban bombas y fuegos artificiales. En Los Chichíes lo hacían en un sitio amplio, abierto, a cuyo alrededor estaban los ranchos del caserío. Los de San Ignacio salíamos de casa en la mañana y regresábamos en la tarde. Después de esa fiesta –continúa Félix- yo regresé solo a Los Chichíes dos semanas después, pendiente de una muchacha que había conocido y que después sería mi esposa. A los 23 años me casé con ella y me vine para Los Chichíes”. Podemos imaginarlo a caballo, y aún a pie, apurando el paso por esos caminos para sus visitas de enamorado.

La barquilla del puerto de San Rafael había sido construida con tres cayucos de seis ó siete metros de largo, unidos por tablas que servían de plataforma. Se movilizaba halando de una guaya tendida entre las dos orillas con la ayuda de un motón, y podía transportar un camión o un carro de bueyes en cada viaje. En ese puerto había una fonda en la que se podía conseguir alojamiento y comida, y el cable del telégrafo pasaba por allí en su trayecto de Villa Vieja a Las Piedras. El paso de San Rafael era el más usado para la comunicación con los poblados que estaban al sur del río Apón en la década de los años 30. Había otro camino menos cuidado, de tránsito muy difícil, que iba de Villa del Rosario a Machiques pasando por Los Haticos, Arimpia, Puentecitas, la hacienda “El Mango”, El Rodeo, Macoa y El Llano. Ese camino tenía tres pasos particularmente difíciles durante la temporada lluviosa: el caño La Tacamaca y los ríos Cogollo y Apón.

[Extractos del Capítulo 14 de mi libro “Sabanas de Coral. Familia, vida e historia en Perijá”, 2004]

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